La primera vez que me alejé de casa fue por una canción. Había pasado 20 años buscando algo de color, y por fin llegaba con forma de avión. Un taxista me ayudó y cargamos las pocas cosas, en ese momento, mías. Hablamos de fútbol y me preguntó qué hacía, pero yo no hacía nada, solo estudiaba y ese día me alejaba. Me dijo; - Mirá piba, ese es tu avión. Pero ni la valija era mía y la plata para el taxista venía de la tienda que mi madre poseía. Me bajé del auto y caminé. Pero tampoco los pasos eran mios, mi abuelo hacía 19 años me los había enseñado y desde entonces yo solo los había recordado. En el mostrador me preguntaron mi apellido y cada vez que me alejaba sentía que todavía no me había ido.
Por alguna casualidad egoísta sonó la canción, por la que había decidido alejarme aquella noche de algodón. La canción repetía que nadie podía hacer nada nuevo, que todo estaba hecho, y que yo solo era una consecuencia estos y de aquellos. Me dieron los tickets para mi avión y subí al café. Me atendió un chico igual que yo y me preguntó qué tomaría en aquella ocasión. - Un café
Pero antes de irse redobló - Solo o con leche? Recordé que mi madre siempre decía que con leche era mejor. - Solo
Fue ahí, en ese momento, que descubrí, como alejarse funcionaría para mi. Volvió el chico con el café, me acomodé y disfruté. Mi primer día de la independencia.
Antes de subir al avión aprendí que no se le puede ganar a una canción pero que pedir un café sin leche puede hacer la diferencia.

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